Limp Bizkit: mucho más que una banda de mierda

   Por: Juan Ignacio Cornejo K.     

Limp Bizkit

Hubo un tiempo que fue hermoso, con Limp Bizkit convertido en la banda más taquillera del mundo y un ejército de rockeros (y no tanto) haciendo fila para manifestarles a sus músicos y fans cuánto se les odiaba. Cómo el conjunto liderado por Fred Durst llegó a convertirse en un fenómeno ineludible y qué es lo que quedó de tanto ruido, a 15 años de su conquista del planeta.

 

En octubre de 1998, época en que el rock en el mainstream iba en caída libre, Limp Bizkit editó como single su cover de “Faith” de George Michael. El tema había corrido ya desde antes de mano en mano y boca en boca en los circuitos de skaters y new-rockers, algo chatos del post-grunge y los restos de los héroes de Seattle. Esa muchachada estaba más interesada en lo que cartas jóvenes como Deftones (con AdrenalineAround the Fur), Incubus (con el querido S.C.I.E.N.C.E.) y los prometedores System of a Down (con su disco debut) rugían en un circuito que estaba a punto de abandonar el underground.

 

Para que se hagan una idea, el rock que dominó las listas entre la segunda mitad de 1998 y la primera del ’99 fue “My Own Prison” de Creed, “Fly Away” de Lenny Kravitz y “Every You, Every Me” de Placebo. En cuanto a propuestas propias del fin de siglo, el honor lo salvó Marilyn Manson – la estrella más grande de su tiempo – con Mechanical Animals y los que la llevaban en serio saludaban con respeto al rock pero tenían su propia área de diversión (Beastie Boys, Jamiroquai). Ni correctos singles de Silverchair, Smashing Pumpkins o Pearl Jam podían salvar al mundo de lo que venía.

 

Korn había firmado en una gran disquera y en noviembre del ’98, “Got the Life” era una canción de la que no había cómo escapar. Desde septiembre venían recorriendo EEUU encabezando su primer Family Values Tour y metidos en el cartel ahí estaba Limp Bizkit, que sacó todo el provecho que pudo de la experiencia, ganando increíble notoriedad y cerrando la gira con la edición de “Faith” como single (y cuyo video fue registrado en el FVT).

 

 

De ahí en adelante, Limp Bizkit se fue por un tubo. Empujados por su relación amistosa con Korn (y por las lucas de Interscope, que no escatimó en gastos para posicionar a su chiche, y si no chequeen este ejemplo), cuando editaron Significant Other en 1999 el boom se desató a toda velocidad. El mismísimo Iggy Pop declaró que cuando escuchó “Nookie”, deseó haberla escrito él. Era un CD lleno de hits en potencia (la citada “Nookie”, “Break Stuff”, “Re-Arranged”, “N 2 Gether Now”, “Nobody Like You”) y otras que eran eran una porquería pero no dejaban de ser contagiosas (“Trust?”, “Show Me What You Got”).

 

Significant Other fue tan popular que le peleó cuerpo a cuerpo en figuración a los fenómenos de Britney Spears y Backstreet Boys, jugando desde la vereda de los antagonistas (acompañados por el debutante Eminem). Mucho ayudó a su mala reputación el espectáculo que Fred Durst – el tipo más odiado de 1999 – propició en el espantoso Woodstock de ese año. Durst quiso jugarse la carta por ser el enemigo de todos y 15 años después podemos notar que no tenía idea en qué se estaba metiendo.

 

 

El 2000 sería el mejor año en la carrera de Limp Bizkit. Empezaron con “Break Stuff” como cuarto y último single de Significant Other. El tema, en cuyo video aparecían Eminem, Jonathan Davis, Flea, Snoop Dogg, Dr. Dre y otro lote de famosos de la industria, casi como validando el ascenso del grupo a los ojos del mundo. Lograron sostener la continuidad de su popularidad editando “Take a Look Around”, el tema que pusieron para Mission Imposible II y que llegó a radios a fines de julio.

 

El camino hacia su siguiente álbum ya estaba perfectamente pavimentado. ¿A quién podría haberle extrañado que Chocolate Starfish & the Hot Dog Flavored Water fuese un bombazo? El 17 de octubre salió a la venta el tercer elepé de Durst y Cia. y durante su primera semana se vendieron 1.050.000 copias, batiendo la marca para un disco de rock de 950.000 unidades impuesto por Pearl Jam en 1993. El poster de los tipos con la gorra invertida dejaba en el pasado a los niño símbolo de la integridad/seriedad del rock noventero. “Bienvenidos al nuevo milenio”, fue el mensaje implícito con que una generación le puso el pie encima a la nostalgia alternativa.

 

Alguien tenía que hacer el relevo generacional, después de todo. No fueron pocos los que se sintieron agredidos por ver a Limp Bizkit como la banda de rock más grande del planeta. Limp Bizkit debió pagar el costo del atrevimiento, y de pronto el antagonismo de Fred Durst ante la industria empezó a respirarle en la nuca al frontman; ser vicepresidente de A&R de su sello Interscope no le hacía muy bien a su discurso, y mucho menos le sirvió que insistiera en criticar a las estrellas pop de la época y subiera a cantar con Christina Aguilera en los premios MTV del 2000.

 

 

La locura tenía que sostenerse sobre algo, y aunque la espantosa “My Generation” y la muy discreta “Rollin’” rankearon muy bien, la sensación de que los argumentos artísticos se estaban agotando pronto no pudieron revertirse con la excelente “My Way” y la tardía “Boiler”.

 

El costalazo no demoró en llegar. Wes Borland evacuó la nave en 2001 y ahí algo terminó por romperse definitivamente. La música que vino después poco hizo para ayudar, y los medios simplemente cerraron la puerta a apoyar a Limp Bizkit ante el enamoramiento masivo respecto a The Strokes, The White Stripes y toda esa generación.

 

Para el 2002, el éxito de Limp Bizkit era historia. No ocurrió lo mismo con el desprestigio de Fred Durst, cuyas payasadas fijaron la sentencia de que la suya era una banda de mierda cuyo ascenso a la fama era algo más circunstancial que otra cosa. Injusto cierre a una era sabrosa, que sí dejó buenas canciones y que no logró esquivar las tentaciones de las luces y la fama.

 

15 años pasaron ya desde que en cualquier lugar del mundo se podía encontrar algún adolescente con gorra roja hacia atrás. Fueron bonitos días, probablemente los últimos en que el rock generó algún tipo de abanderamiento. Mal que mal, siempre es mejor tener mala prensa a no tener nada. Al menos así lo creyó Fred Durst.

 

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